Regresen al pasado y recuerden cuando eran pequeños, que es lo que querían ser cuando fuesen grandes: Militar, Policía, Doctor, Artista, Abogado, Periodista, etc. Por lo que recuerdo que “cada uno debe conocer el problema social general, debe tener una preocupación especial por estudiar su carrera en función de los problemas sociales propios de su ambiente profesional” (Pbro. Alberto Hurtado)”. Así es, de pequeños no sabemos mucho de la vida, y solo dejamos volar nuestra imaginación para decir lo que desearíamos ser cuando fuésemos grandes. Pero me pregunto ¿quien de pequeño pensó en ser un abuelo cuando fuese grande?.

 

Creo que tal vez nadie pensó en esa posibilidad, y porque querer ser un abuelo si ya están grandes, porque querer ser un abuelo si ellos no saben como manejar el internet, o usar un celular, o como funcionan los aparatos electrónicos, y aparte de todo, ya no ven bien, y se les olvida las cosas.

 

Durante la Pasión del Señor, Jesús pregunta tres veces a Pedro si lo amaba, y Pedro siempre respondía en forma afirmativa, negando la triple negación del Apóstol, antes de que cante el gallo por tercera vez (San Juan 18, 1 – 19, 42). A lo anterior podemos decir que en la actualidad más que palabras, necesita de hechos. Ya lo dice el refrán: “obras son amores y no buenas razones”.

 

En más de una ocasión mi abuelo me dijo que realice un ejercicio el cual me pareció poco practico, pero igual lo intente, este consistía que cuando me molestara con alguien, en una pizarra de corcho haga una marca, y después de pedir perdón intentara borrar la marca señalada, pero esto era imposible, debido a que el daño ya estaba hecho, y como dice el adagio “como lo pasado y lo presente ya no se pueden cambiar, el hombre solo puede prever y organizar su futuro”. (Santo Tomas de Aquino).

 

Lo anterior no quita que cada uno de nosotros pueda tener sueños, a corto o largo plazo, los cuales en ocasiones se van modificando a medida que transcurre nuestra vida, pero la lealtad esencial, creo, es nunca abandonar esos sueños de hacer las cosas bien, de acuerdo a nuestras convicciones y creencias, expresadas en algunos imperativos, “proclamar de manera convincente que toda vida humana es sagrada. Me seguiré oponiendo a la pena de muerte,…, a la tortura, al aborto, a la eutanasia y a la lacerante miseria, que no se condice con la dignidad de la vida humana. Nuestro no a la anticultura de la muerte nace con fuerza de nuestro sí a la vida” (Cardenal Francisco Javier Errázuriz).

 

“El ser humano es lo más hermoso que Dios ha hecho. De cualquier condición social, de cualquier pensamiento político, de cualquier credo religioso, todos merecen nuestro respeto. La lucha contra la miseria es una tarea de la cual nadie puede sentirse excluido. Y que cada familia pueda habitar en una casa digna donde pueda reunirse a comer, a jugar, y a amarse entrañablemente.

 

Creo que los más fuertes no pueden desentenderse de los más débiles. Y que los sabios deben responsabilizarse de los que permanecen en la ignorancia. Nada sacamos con mejorar los índices económicos o con levantar grandes industrias y edificios, si no crecemos en nuestra capacidad de amar. (Cardenal Raúl Silva Henríquez).

 

Esta lealtad a los anhelos y sueños de nuestras vidas, la podemos afrontar de distintas maneras, expresada en nuestro diario que hacer, según nuestro rol y status que ocupamos en nuestra sociedad, sin tener que llegar necesariamente al relativismo en la que nos vemos envueltos en la actualidad, donde no se ven el fin en si mismo, sino que el fin en la medida de lo posible, es así como puedo recordar que somos “llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viendo de doctrina” (Efesios 4, 14). Es decir “cuantas doctrinas hemos conocido en estas últimas décadas, cuantas corrientes ideológicas, cuantos modos de pensar… La pequeña barca del pensamiento de muchos… ha sido no raramente agitada por estas olas, botada de un extremo al otro. Mientras el relativismo, es decir el dejarse llevar…, aparece como la única aproximación a la altura de los tiempos modernos. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última media solo el propio yo y sus ganas” (Cardenal Joseph Ratzinger).

 

En nuestras relaciones interpersonales, estas se reflejan en como son expresadas, como son desarrolladas, como son mantenidas, que muy a pesar de los acontecimientos de la vida, la cual nos entrega momentos amagos y dulces, la primacía de la lealtad, la cual se desmarca de las desigualdades, en la cual son apoyadas por una relación desde los afectos, que en si misma tiene distintas tonalidades de expresión, que nos hacen ofrenda hacia nuestro prójimo, porque “amarás a tu prójimo como a ti mismo” (San Lucas 10, 27).

“Todos los hombres quieren dejar una huella que permanezca. ¿Pero qué cosa permanece? El dinero no. Tampoco los edificios permanecen, los libros menos. Después de un cierto tiempo, más o menos largo, todas estas cosas desaparecen. La única cosa, que permanece en la eternidad, es el alma humana. El fruto que permanece es por eso cuanto hemos sembrado en las almas humanas”. (Cardenal Joseph Ratzinger).

 

En las Huellas en el Camino, nos dice que “una noche…soñaba que recorría por la playa… y contemplaba las escenas de mi vida. Para cada una…notó dos conjuntos de huellas en la arena; una que le pertenecía a él, y otra la de Jesucristo”… Y cuando “miraba hacia atrás. Notó que muchas veces a lo largo del el camino de su vida había solamente un par de huellas. Lo anterior ocurría en los momentos más difíciles y tristes de su vida.

 

Esto lo incomodó y preguntó: ¿”Señor, tú me dijiste que una vez que decidiera seguirte, recorrerías conmigo todo mi camino?. Pero he notado que durante los más difíciles momentos de mi vida, había solamente un par de huellas. ¿No entiendo por qué cuando más te necesitaste, tú me dejaste solo?”.

 

A lo que El Señor contestó: “mi muy amado hijo, yo nunca te dejé solo. Durante tus épocas de sufrimiento, cuando tú viste solamente una par de huellas, era yo te llevaba en mis brazos.”

 

Durante las Huellas en el Camino, podemos discernir que durante el desarrollo de nuestras relaciones de filial afecto, los sentimientos de nuestros amigos se nos vuelven propios, porque sus penas se vuelven nuestras, en el lazo invisible que nos une. La amistad es bella sobre toda la ponderación. Para el que tiene un amigo, no existe soledad, además, la verdadera amistad perdura y se fortalece a través del tiempo, a pesar de la distancia, el nivel social, la edad o la cultura. La amistad no se conquista, no se impone; se cultiva como una flor; se abona con pequeños detalles de cortesía, de ternura y de lealtad; se riega con las aguas vivas del desinterés y de cariño silencioso. Nuestra lealtad mutua también se expresa en los momentos en que cuando es necesario te regaña, para que cada día seas alguien mejor.

 

Aprendí a no dejar de ser quien soy, a pesar de las circunstancias en que nos encontremos, aprendí que el amor nunca se acaba, y que es preciso demostrarlo siempre y a cada instante. Me enseño que se puede ser, amigo, padre, abuelo, artista, en una sola persona.

Brota de ti ángel terrenal, fina copa de vino, cordura y lealtad, hacia mí, un fantasma de verdad. Desde aquí te digo que a pesar de que te has marchado, una parte de ti siempre está conmigo, y también sé que, estarás a mi lado. Es más, te sigo sintiendo a mi lado.

 

 

Y como lo dice la canción de Gervasio:

…Que el Señor te dé su mano,
y a través de él, te enteres,
que tus nietos crecen bien,
Y ojalá que en el momento de adiós,
me recuerdes como te recuerdo yo…

 

 

                                                             Con afecto para mi tata Nino.

 

 

Panchy

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