El Reality Show se ha instalado entre nosotros, o, mejor dicho, en nuestras pantallas. ¿Será otro producto de la globalización o, más bien, la confusión entre la modernidad y la compulsión de hacer todo aquello que hacen los demás para no aparecer como retrógrados frente al mundo?

Curiosamente, el término Reality Show es contradictorio porque se juntan dos palabras que de por sí se excluyen. La realidad no es un espectáculo, salvo que la reduzcamos a una realidad virtual y hagamos de la vida un enorme teatro donde deambulan puros actores sin identidad propia. El espectáculo entretiene pero la realidad se vive, y a veces se sufre también. Reducir la vida a un mero espectáculo, donde te sientes mirado con indiferencia para que te aplaudan o te pifien, puede llegar a ser una enorme falta de respeto a las personas.

header2.jpgCiertamente, hoy existe la tendencia a la cultura del espectáculo. Hemos mirado la Guerra de Golfo sentados frente al televisor; hemos visto la caída de las dos Torres en Nueva York comentando con el vecino telespectador lo horrible que era; hemos visto con consternación la cantidad de bombas que cayeron sobre Afganistán. Hemos sido espectadores de tantas muertes, pero el día siguiente volvemos a nuestro trabajo como si hubiéramos visto una película. Parece que hoy por hoy todo es un show porque uno se siente juzgado por su apariencia, por lo que tiene y no por lo que es.

¿De verdad, el programa televisivo refleja la realidad juvenil? ¿Corresponde a la realidad cotidiana mantener encerrados a un grupo de jóvenes por tres meses? ¿La realidad cotidiana no precisa de momentos de intimidad? Evidentemente, el ambiente influye en el comportamiento de las personas y un lugar cerrado produce reacciones e interrelaciones fuertemente condicionadas por el encierro. Por ello, ¿qué realidad juvenil está reflejando?

Resulta interesante observar la reacción de los jóvenes en el programa, pero, por otra parte, decir que representan a la juventud sería un grave error, sea porque están viviendo en condiciones muy especiales sea porque han sido seleccionados según unos criterios determinados. Es interesante observarlos para estudiar sus reacciones, su lenguaje, sus interrelaciones, pero la verdad es que uno se siente mal porque los está tratando como objetos de estudio.

El gran premio, independiente de si pierde o gana, es aparecer en la pantalla. Es el gran anhelo de todos los que participan. Parece verdad lo que se comenta: ¡si quieres ser alguien en nuestra sociedad, tienes que aparecer en la tele! ¿No es triste moldear la propia vida para poder aparecer, ya que a fin de cuentas son los otros que la van a dirigir? Quien vive pendiente de los aplausos de otros, terminará haciendo todo aquello que le gusta a los demás para seguir recogiendo sus aplausos, llegando a ser lo que los otros quieren que sea y, al final, su vida se reduce a un circo. Además, la tendencia de los medios de comunicación es la de levantar y de derrumbar personas según el rating. Así que ¡el futuro de uno depende de otros!

Los jóvenes públicamente enjaulados hacen de todo para tener éxito (aparecer y ganar plata). Y si se requiere hacer de la propia vida un espectáculo, bueno, igual que en la guerra, no hay reglas salvo la de ganar. Seguramente habrá otras opiniones favorables al programa, más bien subrayando el elemento del entretenimiento. Pero, ¿se puede negar que este tipo de programas reflejen y promueven de alguna manera una cultura del éxito y del espectáculo? Pero, ¿es la vida un espectáculo? ¿El dinero y los aplausos definen la propia vida?

 

Tony Mifsud, Sacerdote jesuita

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